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De Quimeras y Ensoñaciones

Campamento hippy

Ella recuerda sus años pasados, sus locuras cometidas en nombre de la paz, su amor compartido libremente, su libre albedrío de elección, recuerda con anhelo, con deseo y con pasión, a su mente le llegan las palabras escritas por Teresa:

“Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas…”

Su álbum aún no tiene los años suficientes para amarillear, pero cuando contempla las fotografías del pasado y mirándose al espejo en el presente, intuye que el brillo de sus ojos ha perdido resolución, que la expresión de su cara ha perdido ilusiones y ganas, que su piel está más ajada y deteriorada, deslucida, sus cabellos están domados y llenos de tintes, mientras en el álbum son indómitos, revueltos, desgreñados, rebeldes y naturales. Y ella, algún día perdido del calendario, pero un día importante en el devenir de la historia social, extrañando lo que hacía, baja a la calle y vuelve a hacerlo, grita en grupo, en multitud, grita pidiendo la paz.
Juventud apasionada y sentida, de noches de luna y estrellas, de vino, de cerveza, de drogas blandas, de amor y pacifismo, de gritos exaltados en contra de la guerra, en contra de la violencia, en contra de la degradación del ser humano, en contra de la superioridad de raza, a favor de las relaciones personales intensas y emotivas, el compartir lo que no se tiene, el rechazar lo que hace daño y afea, el rechazo al autoritarismo, al poder, a las armas.
Adiós a las Armas, Adiós.
Hola a la Paz, Hola.
Buen día al Amor, Buen día.

Y lancemos palomas blancas con ramas de olivo en el pico, que al batir las alas desvíen las balas y dispersen en el aire la pólvora, y la no dispersa se use en fuegos artificiales en las noches de fiestas alrededor de los campamentos.
Y ella mostraba su cuerpo desnudo al sol, cuerpos desnudos al sol, libres, voluntariosos, indiferentes a las miradas, ebrios de placer y sentimientos. Amor libre, indecoroso a ojos foráneos, advenedizos, siendo ellos para el resto del mundo que se llamaba a si mismo civilizado, eso, advenedizos, intrusos, colonos establecidos en campos de nadie, sin empleo ni oficio digno ni conocido, dedicados a la lujuria y la promiscuidad, unos vagos perezosos gandules remolones, unos golfos holgazanes viviendo del cuento. Y ellos, desnudos al sol, luchando contra el mundo intransigente e intolerante, retoman su espíritu de solidaridad y pureza, una pureza de especie, no de raza, un mestizaje humano, su fuerza de sentimientos compartidos ante la adversidad y nuevamente, ante el muro de voces discordantes, encuentran las palabras de Teresa:

“Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña”

Ese espíritu de libertad,- libertinaje dirán los otros- , de cohesión, barre toda la suciedad, derriba todos los muros, esa unión que hace la fuerza y esas manos unidas clamando lo que es justo.
Ella recuerda, que a pesar de los años transcurridos, aún participa, a su modo, de aquel campamento, de aquellos recuerdos del pasado, cuando forma parte, en el presente, en su presente, de las manifestaciones multitudinarias a favor de la paz, o levanta las manos pintadas de blanco hacia el cielo por el fin de un atroz y humillante inhumano acto de fanáticos descerebrados.
Y recuerda el final de aquella etapa de su juventud, aquella forma de vivir se fue transformando pausadamente, y el primer indicio de cambio llegó el día que supo que iba a ser madre y debía afrontar el hecho de llevar una vida dentro, ser responsable de ella y ese fue el principio del fin, y su primera decisión de ruptura llegó con el hecho de cambiar sus hábitos alimenticios, ella, vegetariana convencida, opuesta a todo sacrificio animal, defensora acérrima del mundo animal, supo que debería aportar a su hijo proteínas animales y poco a poco, la carne entró a regañadientes a formar parte de su dieta, pero sabía que lo hacía por una causa noble y justa, su hijo, ninguna más noble y justa que esa para romper sus principios.

Cuando su propio compañero sentimental conoció la noticia, organizaron en el campamento unas jornadas de vino y rosas, de guitarras y palmas, de canutos y danzas, de abrazos y besos. Todos, en torno a una hoguera gigantesca, mayor que sus propias tiendas de campaña, cantaron y bailaron la danza india de la lluvia, sin propósito, sin intención, sin pedir lluvia y gritaron la enhorabuena y la dicha durante un par de días, en los cuales, los festejos se prolongaron más allá del amanecer.
Después, las proteínas animales formaron parte de su dieta, y aquello empezó a desterrarla del grupo, nunca jamás forzada por ellos, sino por su propia voluntad, por su propio deseo de un cambio, una fase nueva de un ciclo, que era su vida, se abría ante sus ojos y atrás quedaba un recuerdo vivido con ansias y deseos, su fuerza de convicción estaba arraigada en ella, y de nuevo Teresa volvía para decirle:

”Sigue aunque todos esperen que abandones”.

Sabía lo que su hijo necesitaba, tal vez para ella fuera suficiente con asimilar proteínas vegetales, o de pescado, - al que no consideraba carne animal, sino pescado, simplemente- , pero su hijo, estaba convencida, y reconvenida por un médico amigo, para nacer sano y fuerte necesitaba alimentos de origen animal.

Y el destierro del grupo, del campamento, se fue paulatinamente forjando. Los lazos de unión se fueron desatando, una nueva etapa empezaba y ella fue la desencadenante de una huida precipitada en un movimiento que a posteriori también se desintegró cual terrón de azucarillo en el café, y el campamento, desapareció de la misma forma que se formó, sin hacer mucho ruido, sutilmente, pero dejando recuerdos imborrables en cientos, en miles de almas inconformistas, que no miraban hacia atrás, sino adelante, y que leían las palabras escritas de Teresa:

“Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío”.

Y esas palabras daban alas a su vida, y la iba llena de desafíos, el futuro era un desafío en si mismo, el pasado fue un logro y el presente era un sentirse viva.

Teresa : “Mientras estés viva, siéntete viva”.

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